-¡Eh, Catalini!
-¡Cucardi, señor!, ¿cómo dice que le va?
-Aquí me ve, tomando un poco el aire, ¿qué me cuenta mi amigo?
-Lo mismo que usted, el jefe ha salido a cenar y me he
escabullido para dar un paseíto fugaz, estoy mejorándome de un resfrío que me
ha tenido guardado unos cuantos días
-Desde luego, amigo Catalini, eso está muy bien. Usted es un
pensador, un contemplador de estrellas, uno de los buenos. Han de permitirle a
uno esos pequeños placeres, ¿qué me dice si nos vamos hasta la esquina y
aprovechamos el descanso? Estoy pensando en comer algo
-¡Jajajaja! Ya creía yo que le pasaba algo malo, ¡A esta
hora y sin pensar en comida! Pero cómo no amigo, usted manda.
-Ahhh, Catalini, qué le puedo decir. Estoy gordo, lo sé.
¡Pero me encanta comer! Dígame qué le parece este sitio aquí junto a esta
ventana
-Me parece perfecto. ¿Sigue con la dieta?
-Desafortunadamente, amigo, desafortunadamente. La bruja me
controla la ración, los horarios, hasta la cantidad de veces que mastico cada
bocado. Pero debo confesarle amigo, y usted es un buen amigo y me va a
comprender… temo que como a escondidas. Cuando ella se va, revuelvo alacenas, estantes,
¡hasta cajones de bombachas y medias! A veces encuentro algo y me doy un atracón,
aunque esta mujer cada vez me esconde mejor el sustento
-Lamento oír estos penares, amigo mío. Pero permítame
decirle que usted es un macho alfa, un tano corpulento y fornido, ¡tiene que
hacerse respetar señor!
-Tiene toda la razón Catalini, pero, sabe, la edad me viene
amansando. Ya no soy quién era, ¡la pucha! ahora soy un macho castrado. Aunque por dentro, mi amigo, me dominan los impulsos. A veces pienso que me gustaría
parecerme más a usted, un tipo sereno, calmo, con ese carácter pacífico, tan
admirable. Me cuesta domar a la fiera, qué va a ser…
-Lo comprendo como nadie, créame. Usted y yo somos de la
misma especie. Aunque lo noto un poco más inquieto de lo usual, ¿le sucede algo
camarada?
-Ya que lo menciona Catalini, de hecho, sí. ¡Qué tipo
perceptivo es usted! Se lo voy a contar en confianza. Hace unos días conocí a
una mujer ¡y qué mujer! No puedo explicarle señor, qué despliegue, qué encanto,
qué deleite para estos ojos. Acérquese, venga, que le confieso algo, ¡la forma
en que mueve la cola al caminar esa gatita! Hay que ver para creer, ¡y mire
nomás! Ahí justito la tiene, vea, ¿la ve Catalini? ¡Mire que venir a sentarnos junto a esta ventana!, fíjese la casualidad o el capricho del destino, paseándose ella frente a nuestras narices mi amigo, parece cosa de mandinga
-Cucardi querido, ya veo bien de lo que me habla, y está usted en lo cierto. Pero, dígame, ¿la patrona, sabe?
-¡Qué va a saber esa mujer del demonio! ¡No sabe nada, no
entiende nada! ¡Y mejor que no se entere, no señor! Si al fin y al cabo, hacer, no puedo
hacer nada, por ese problemita que le comenté hace ya tiempo…
-Ah, Cucardi, es un problema de muchos, qué se le va a
hacer, cosa de estadísticas, a unos les toca, otros se salvan. Piense que la
buena fortuna es azarosa. Piense que al menos, tiene a alguien que, más allá de
todo, lo cuida. Vea cuánto vagabundo tirado en la calle penando por un bocado,
vea. Allí nomás, al otro lado de la ventana, ya tiene unos cuantos. Usted y yo
somos dos tipos con suerte.
-Usted es la voz de la sabiduría Catalini, no me canso de
decirlo. Y acepto la vida que me ha tocado, con sus ventajas y sus dificultades,
pero el alma nuestra es libre, es la poca libertad que conservamos. Y el alma,
gracias al cielo y a las estrellas, aún puede soñar, y en ese sueño, vuelve a
su naturaleza más auténtica. Disfrutemos lo que nos queda mi buen amigo. ¡Salud!
